Hace unos días leí esto y me pareció que no se puede perder en mis redes, lo guardé y ahora lo publico, aclaro que no es mi historia:

Por:

Esteban Gómez Muzzio

Estoy cenando en Temuco. En el restaurante sólo queda una familia con un hijito de 2 años y yo. 3 garzones y la dueña. El pequeño se mueve entre las sillas riendo. Me da gusto. Pero el padre le grita que hasta cuando se mueve, que se quede quieto. La madre enfatiza la queja. El niño se regresa a la mesa cabizbajo…
Sigo cenando y trabajando en el diplomado online FAI. De pronto, un intenso grito, un llanto desgarrado del niño. Me giro y alcanzo a ver al padre pellizcando el costado del niño.
ALERTA. Todos mis sentidos activos. Adrenalina y la eterna duda… ¿Qué hago? ¿Me involucro?
La madre le pide al padre controlarse, el padre golpea al niño fuerte en la cabeza. La madre se lo quita y lo toma en brazos. Miro fijamente la escena. Lo miro a él. El hombre es alto, fuerte, y me mira desafiante «¿Te pasa algo? ¿Algún problema?» Miro a mi alrededor, todos cómplices silentes.
«SI, de hecho tengo un problema», le digo. «Esto que hiciste, golpear a tu hijo, no lo puedo permitir». «¿Y quién eres tú pa decirme algo? ¿Si está bien o está mal?¿Qué sabes de esto?»

«Da la casualidad que dirijo una Fundación internacional de infancia. Y se muchísimo de esto. Y por eso te digo que está muy mal lo que acabas de hacer. Estás dañando a tu hijo, a tu esposa, a ti mismo. Déjame ayudarte». El hombre se levanta, y amenaza con golpearme. Es más alto, más fuerte que yo. Tengo miedo, pero no retrocedo y decido lanzarme con toda la fuerza mental y convicción que tengo.

Le hablo de la ley que penaliza el maltrato, que no le conviene ponerme a prueba, que no lo intente porque saldrá perdiendo muy muy feo. Lo digo con toda mi fuerza. «Ahora siéntate y escucha!!». El hombre duda, pierde su confianza, se sienta.

Entonces le hablo del estrés tóxico, del apego, de su importante rol como padre de este pequeño niño en desarrollo. De cómo el maltrato deja huella, del dolor y la desconfianza que aleja. Le digo que estoy seguro que ama a su hijo, y que debe estar en un mal momento. Le digo a su esposa, que lo defendía diciendo «qué tanto problema, es el padre y puede corregirlo con unos golpes»… «tú eres la mamá, vi el miedo en tus ojos, mirame, sabes que no está bien, que esto daña a tu hijo, al niño que amas, no lo permitas, protege a tu bebé».

Luego lo miro a él, y le digo «se un verdadero hombre, protege a tu hijo, cuidalo, se su héroe, tratalo bien, con amor y firmeza, sin descontrol. Y si te supera, viejo, sal, toma aire, respira…». Baja la mirada, está cansado. Me giro y le digo «los dejaré tranquilos». Escucho un «gracias, gracias, te lo agradezco». Se quedan en silencio.

Regreso a mi silla, cansado. Se acercan dos garzones a pedirme disculpas, que no vieron lo que pasaba. Les digo «si lo vieron, pero.tuvieron miedo de involucrarse. Son hombres, jóvenes, fuertes, y se quedaron al margen. Pueden hacer más que eso, mucho más. Tienen que involucrarse. No pueden aceptar el maltrato infantil. Les dejo ese pensamiento. Qué distinto sería todo, si entendieramos esto.»

«La cuenta por favor».

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